Las trayectorias de Luiz Inácio Lula da Silva y Barack Obama ofrecen ciertas similitudes. Ambos provienen de ámbitos más o menos extremistas: el Partido do Trabalhadores, en el caso del primero, y el movimiento etnicista afroestadounidense de los ochenta, en donde Barack Obama andó y desandó sus años mozos, según cuenta él mismo en la interesantísima autobiografía Los sueños de mi padre. Una historia de raza y herencia -escrita, por cierto, con acertada previsión a la edad de 33 años-. Asimismo, el uno y el otro desempeñaron en esos mundos un activo papel militante. Lula como sindicalista metalúrgico, Obama en su faceta de animador social del deprimido y negro South Side de Chicago. En este trabaso de base los dos tejieron redes sociales y cimentaron un carisma que más tarde aprovecharían para asaltar puestos en principio vetados. Así, un simple operario se aupó a la Presidencia de Brasil, mientras que, para estupor de muchos, un mulato de nombre Barck Hussein, hijo de keniata y divorciada, hermano de musulmán poligámo y antiguo estudiante de una escuela islámica en Indonesia, alcanzaba la Casa Blanca menos de medio siglo después de la Ley de Derechos Civiles.
Mas este ascenso no fue gratuito, los dos se dejaron no pocos pelos en la gatera en su escalada. La carrera electoral impuso que las arengas sindicales de Lula recularon en centrismo perfumado de justicia social. A su vez, el lenguaje patriótico del senador Obama en La audacia de la esperanza: cómo restaurar el sueño americano poco tiene que ver con las meditaciones afro del hermano que se nos confesaba en el libro más arriba mencionado.
Anoche, las vidas de estos personajes se volvieron a entrecruzar. Obama llamó a Lula en lo que, si nos fiamos de sus declaraciones, fue una "muy buena" conversación. El electo le dijo al veterano lo que ya todos saben, "Brasil es un líder mundial", reiterándole su compromiso por el multiletarismo.
Nuevos aires para una etapa poliédrica que quizá alumbre un tándem Washington-Brasilia.

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