miércoles, 19 de noviembre de 2008

Los frutos de la claudicación


Los piratas somalíes acaban de erigirse en serio problema geoestratégico a escala global. En las últimas veinticuatro horas han secuestrado un carguero griego, un pesquero tailandés y otro de Hong Kong, que se unen al petrolero Sirius Star -preñado con 100 millones de dólares de crudo-, apresado tres días atrás.

La tragedia casi se repite con un buque de la marina de India que ha logrado rechazar un ataque y un petrolero de bandera británica que, escoltado por una fragata alemana, ha escapado de un intento de apresamiento.

Esta caótica situación, además de tragedia humana para miles de marinos, lleva camino de encarecer y dificultar sobremanera el comercio internacional de ciertas materias primas vitales, como el gas y el petróleo, en un momento que muchos consideran la peor crisis desde el crack de 1929.

Por ahora, el panorama no tiende sino a empeorar. Los hechos claman que el despliegue de la OTAN en aguas somalíes no disuade a unos criminales que día a día dan un salto cualitativo y cuantitativo en sus fechorías.

Muchas son las causas de esta lamentable situación. La primera de todas, la propia Somalia, paradigma del Estado fallido y dividido en dominios señoriales, donde la vida vale bien poco. También es verdad que las complejidades y limitaciones del Derecho Internacional no permiten dar una salida fácil y expeditiva a la piratería. Pero en este momento deberíamos volver la vista atrás y ver que nosotros, los españoles, también tenemos una responsabilidad muy grande en esta escalada terrorista, porque la hemos financiado.

Hace unas semanas muchos se felicitaron por la liberación, previo pago de tres millones de euros, del atunero vasco Playa Bakio, que llevaba dos meses en manos de unos piratas somalíes. Aducían que la vergonzosa recompensa ahorraba muertes y sufrimientos. A la vista está que se equivocaron de plano. Esos tres millones de euros, fruto del trabajo de los españoles, entregados a los terroristas, unidos al millón de euros que también abonó el Gobierno alemán en otro chantaje similar, han contribuido a trocar un problema local en un inmenso desastre con repercusiones mundiales.

Éste es el resultado del achante del Estado de Derecho ante los terroristas, nuestro Gobierno debería saberlo bien. La única solución ya la dijo en su día Winston Churchill: a quienes no conocen otro lenguaje que la violencia, hay que hablarles en su propio idioma.


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